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Carta de José Orduña, Peralta ...Ya madre mía creo que habrán sabido la gran tragedia de nuestros compañeros. Parece mentira que tengan el valor de matar a quienes siempre fuimos amigos y convecinos. Estamos como tontos y con el alma en un hilo, nada hicimos de lo que pueda acusarnos la justicia, pero no nos hacen juicio. Por favor madre, mire a ver qué puede hacer por todos nosotrostros, hable con Jesús y Juanito, ellos bien saben cómo soy pues mucho he trabajado para ellos. Son personas influyentes, todos somos del pueblo y saben que nada malo hemos hecho. Madre, no puedo seguir escribiéndole, las lágrimas se agolpan a mis ojos, la muerte de nuestros compañeros, entre ellos el primo Antonio, nos ha dejado consternados. Madre, ¿quién va a trabajar ahora por vosotras? Vosotras hermanas cuidarla mucho, ya sabéis que nunca estuvo muy fuerte de salud. No se preocupe por mí, madre. Prisión de Tafalla 3 de agosto de 1936
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Peralta-Azkoíen Peralta recibió la Segunda República con una injusta distribución de su término municipal. Entre tres propietarios se repartían el 25% del regadío del pueblo. La familia Arrechea detentaba 2.045 robadas; 1.020 los herederos del Conde de Peñaflonda y 822 del Duque de Miranda. Juan Pedro Arraiza, vicepresidente de Diputación, poseyó de 1935 a 1940 las corralizas de Raso y Espártete, administradas por Nicanor arte, uno de los mayores contribuyentes1. Con muchos vecinos que no poseían as de regadío, los enfrentamientos sociales eran una consecuencia inevitable. La injusta distribución de la propiedad de la tierra fue el origen de la violencia. Desde 1920 estaba constituida la UGT peraltesa por medio de la «Sociedad de trabajadores del Campo». En enero de 1921 organizaron un mitin llamando a los jornaleros «a asociarse para lograr su mejoramiento moral y material y para que se resuelva el pavoroso problema de la roturación de los comunales»2. En 1922 la CNT forma la agrupación «Justicia y Tierra» impulsada por Esteban Echeverría. Tras la proclamación de la República surgen en Peralta secciones locales de todo el espectro político de la época. Las elecciones municipales tuvieron que repetirse y junio de 1931 Félix Blasco salió elegido alcalde de un Ayuntamiento claramente republicano, con tres concejales socialistas El tema del Estatuto Vasco fue uno de los que más dudas suscitó a esta corporación que no compartía los entusiasmos autonomistas de la mayoría de pueblos de la merindad. Que sepamos, fue el único pueblo que repartió un gran número de ejemplares del Estatuto Vasco entre numerosos vecinos y sociedades peraltesas con el fin de recabar sus opiniones sobre el mismo antes de emitir su voto3 Además solicitó de la alcaldía de Tafalla una asamblea de representantes del Distrito para llegar a un acuerdo sobre el mismo. Ésta se celebró el 9 de agosto, presidida por David Jaime, y todos los pueblos se mostraron favorables al estatuto Vasco4. No obstante, los representantes de Peralta, después de votar a favor, mostraron su contrariedad por las manifestaciones de algún orador en el mitin de la tarde «que suponía un canto a la independencia del País Vasco»5. A partir de entonces el voto de Peralta será contrario al Estatuto de Autonomía. No existió la misma incertidumbre municipal en el tema del comunal, del que algunos concejales, sobre todo Jesús Boneta, fueron incansables activistas. En el aspecto religioso, los socialistas peralteses fomentaron las bodas, «bautizos» y entierros civiles, en los que participaban llenándolos de contenido político y reivindicativo. Los «bautizos» laicos se prodigaron, muchos de ellos con nombres puestos de moda durante el periodo republicano: Indalecio Portóles, Fraternidad Boneta, Esperanza Gil, Libertario Pérez, Progreso Arbeloa, Héctor Goñi, etc. A pesar de los festejos coloristas de las izquierdas, la derecha en Peralta se mantenía fuerte, aglutinada en torno al Casino Agrícola, el Círculo Católico de Obreros o el Círculo Jaimista. Poco a poco fue saliendo de su agazapamiento inicial y pasó a la ofensiva haciendo bandera de la cuestión religiosa, tradiciones, enseñanza católica, etc., para ocultar así el problema que realmente deterioraba las relaciones de los peralteses: la propiedad de la tierra. En la campaña electoral de noviembre de 1933, un jaimista, después de dar varias cuchilladas al socialista Antonio Goñi, se escondió en una casa perseguido por numerosos compañeros del herido. Algunos intentaron dar fuego a la casa pero fueron disuadidos por la mayoría. Acabado el incidente, apareció la Guardia Civil realizando, sin motivo aparente, varios disparos e hiriendo a Máximo Asín. En octubre de 1934 el Ayuntamiento fue sustituido por otro de carácter derechista, clausurándose la Casa del Pueblo. Varios peralteses son detenidos tras los sucesos revolucionarios. A los seis meses y medio dejaron en libertad a seis, entre ellos al concejal Jesús Boneta, quedando todavía encerrados otro grupo de personas. La reposición del Ayuntamiento en enero de 1936 va acompañada de la dimisión del Jefe de policía de la villa, Félix Rubio6. El problema del orden público en la localidad se había enconado notablemente en los años del bienio negro, sobre todo con la Guardia Civil, hasta el extremo de reclamarse oficialmente su salida de Peralta: «disconforme esta corporación municipal con la parcial gestión de los componentes del puesto de la Guardia Civil de esta villa, no solamente en el periodo electoral en el que se han mostrado de forma favorecedora para las derechas y en perjuicio de la izquierda, sino que se ha llegado a maltratar de obra a este último sector, se acordó elevar respetuosa pero enérgica instancia al Excmo. Sr. Ministro de la Gobernación rogando traslado íntegro expresado puesto y a la brevedad posible, pues en otro caso está el pueblo expuesto a tener un día de luto por represalias que a toda costa se quieren evitar en bien de todos»7. El Puesto no fue retirado. Las advertencias del Ayuntamiento iban a resultar proféticas, aunque con muchos más días de luto para la villa. En vísperas del golpe militar la necesidad continuaba apretando a los peralteses. El 17 de abril el alcalde convoca una sesión extraordinaria para buscar soluciones al problema planteado esa misma mañana «Por un gran número de mujeres solicitan do socorro pues la escasez del jornal tenía a sus familias en la mayor miseria, al extremo de carecer de pan para sus hijos»8. El día 19 de julio, las derechas hacen su aparición ocupando el pueblo. El día 20, se ordena la entrega de todo tipo de armas. Jóvenes fascistas se pasean presuntuosos con sus pistolas y distintivos. A la noche, llaman al domicilio de Pedro Alfaro «en nombre de la Justicia». Le atan las manos y a escasos metros de casa, le disparan a bocajarro. En días sucesivos, la prensa hablará de enfrentamiento con la fuerza pública, ya que, según ellos, Pedro «tenía un revólver recién descargado»9. Hacia el mediodía del día siguiente corre la voz de que vienen los rojos por la Castellana. Algunos republicanos suben al monte a confirmar la noticia, pero José Celaya se lo creyó y salió a su encuentro con una escopeta de caza, con intención de unirse a los suyos. En realidad se trataba de numerosos falangistas y requetés que al ver a José armado le persiguieron y éste tuvo que refugiarse en una casa. Acorralado, José se defendió como pudo hasta que le acribillaron y lo sacaron a rastras de la casa. Aquel encuentro tan desproporcionado fue calificado como «acción de guerra» en el informe de la Guardia Civil10. Mientras esto ocurría en la calle Aguardienterías, por los campos se procede a la detención de numerosos hombres dedicados a sus tareas. Veinticinco de ellos son atados y conducidos en el correo a la cárcel de Tafalla. Aquí permanecerán tres meses y sólo saldrán para morir. A la noche son detenidas y conducidas a la cárcel de Pamplona otras cinco personas. El día 22 de julio el cabo Timoteo Escalera preside una sesión municipal en la que destituye al anterior Ayuntamiento y nombra otro, concediendo la alcaldía a José Busto Orduña. La madrugada del 25 de julio, festividad de Santiago, son sacados de sus camas siete hombres y conducidos en un camión hacia Tafalla. Eran Pedro Basarte11; Félix Manzano, el joven maestro; José Pérez Antomás12, pastor, jotero y miembro del cuadro artístico peraltes; Antonio García «Andarín»13, también del cuadro de teatro del que todos sus miembros, fueron duramente castigados; Félix Castillo, padre de cinco hijos; Santiago Boneta «Cuco» y su padre Leocadio14, detenidos ambos cuando buscaban a Jesús Boneta, el más significado de los cinco hijos. A otro de ellos, Carmelo, al ver que no se lo podían llevar por ser todavía joven, le dieron una paliza con una correa. Es significativo el hecho que en la tienda de Petra, esposa de Leocadio Boneta y en la de Gertrudis Villafranca los fascistas, además de llevarse sin pagar cuanto quisieron, les rompieran los libros de cuentas, en los cuales algunos figuraban como asiduos deudores. El 30 de julio los matones aparecen de nuevo en casa de Manzano y esta vez se llevan al padre, Jacinto, militar republicano15. Lo llevan a matar al término de Unzué. Antes le permitirán confesarse en los Pasionistas de Tafalla. El día dos de agosto de madrugada, sacan a un grupo de detenidos de la cárcel comarcal. De ellos, matan a nueve en Muruartederreta. El resto, fue devuelto a la prisión «para hacerlo otro día» ya que había amanecido y eran vistos por los cazadores de la zona. En aquella ocasión mataron a José Casarejos «Feo»; Alejandro Castillo «Teodosio»16, Amadeo García secretario del Ayuntamiento; Antonio Goñi, anteriormente acuchillado por un derechista miembro después de la Junta de Guerra; Pedro Legaz Catalán con solo 16 años; Eusebio Malo; Félix Medrano y Juan Moreno «Pollo». También dispararon contra Jesús Lorente, que había bautizado una hija con el nombre de Olga, considerado entonces como «bolchevique» y posteriormente sustituido por el de Alicia. Jesús quedó malherido y echó a andar obsesivamente, hacia la Ribera, hacia los suyos. Cuando llevaba andando largo trecho fue visto por los del camión, que dio media vuelta y estuvieron disparándole hasta que lo mataron. Antes de enterrarlos, las mujeres de Muruartederreta, fueron al párroco de Campanas, Don Fermín Martínez, a pedirle que les rezase un responso. Éste, nacido en Peralta, acudió al lugar y al verlos comentó, «¿Rezar yo a éstos un responso? ¡A estos no los quieren ni los cuervos!». Aunque tal expresión impresionó profundamente a los vecinos (y de ahí que aun la recuerden), para los habitantes de Peralta que le conocían, no tuvo nada de extraño, ya que fue habitual la presencia de Don Fermín en las tareas represivas contra sus vecinos. Para aquellas fechas el pueblo estaba dividido por el color de los brazaletes y según ellos eran considerados y tratados los portadores. El corresponsal de Peralta escribía: «Que por ahora cada uno lleve el brazalete que le corresponda, en premio a sus actuaciones anteriores, que cuando purguen bien la falta, será ocasión de pensar lo que procede»17. El cabo de la Guardia Civil, Timoteo Escalera, se va significando como una de las personas claves en la represión. A pesar de llevar poco tiempo en Peralta y estar a las órdenes del Jefe de puesto Julio El Cid, fue uno de los hombres más temidos de la zona. El «celoso cabo de la Guardia Civil», como cariñosamente se le llamaba en la prensa, lo mismo presidía la Fiesta de reposición de los crucifijos en las escuelas, que, participaba en las redadas nocturnas u ordenaba los cortes de pelo, como fue el caso de la joven Dolores Orduña, de la cual exigió de inmediato sus tirabuzones, a pesar de encontrarse ésta enferma. Formaban parte de la Junta de Guerra, presidida por Jesús Guerendiain, Eusebio García, Lorenzo Díaz, Luis Oses, Cándido Ayerra, Jesús, Teodoro Sayés y Santiago Ruete. Su grado de responsabilidad a la hora de la represión fue distinto. Son conocidos los esfuerzos de Santiago Ruete para evitar los fusilamientos y las ayudas que prestó a quienes se lo solicitaron. No se puede decir lo mismo de otros. José Azpíroz fue nombrado en marzo de 1937 Jefe Local de Falange. El día 11 de agosto, nueva tarde de detenciones. Eugenio Pérez Cogorza estaba en el camión con los mozos movilizados de su quinta cuando le dijeron: «Para tí hay otras órdenes. Preséntate a la Guardia Civil». Con él, llevaron al cementerio de Milagro a Felipe Balduz, Tomás Pellejero y Carlos Budaspar «Guarra»18. En el cementerio, Eugenio estuvo a punto de escaparse saltando la tapia, alcanzándole uno de Falces de un tiro en la pierna. Al exhumar los restos la bala salió incrustada en sus huesos. El padre de Eugenio, Manuel, fue detenido y conducido a la cárcel a pesar de tener 8 hijos. Ante la proximidad del juicio, su esposa recorrió las casas de las personas influyentes que le fueron negando, una a una, su firma de apoyo: Jesús Guerendiain, el párroco Tomás Biurrun, el nuevo secretario Amadeo García... Solamente le firmó Santiago Ruete; con ella pusieron en libertad a su padre. El mismo procedimiento se repitió para otros. El mismo día en que mataron a los cuatro anteriores, asesinaron en Funes a Daniel González, el carretero, y a Sebastián Castillo, testigo de la quema de los maíces de la plaza de toros, protagonizada por las derechas. El 16 de agosto, hay tres fusilados más en el cementerio de Marcilla: Luis Boneta, Benito García «Andarín» y Serafín Portóles; el enterrador de Marcilla, ex-concejal por el PNV y amigo de Luis Boneta, los tuvo que enterrar de noche bajo amenazas de muerte. El 19 de agosto y bajo el titular «Las hay zafias», el corresponsal de Peralta en una de sus despiadadas y perversas crónicas, dio la noticia de que Encarnación Resano, de 67 años, había sido detenida porque al pasar el Rosario por la calle «se sentó de espaldas a la procesión en plan de mofa y escarnio»19. La verdad era más simple. Encarnación era sorda «como una tapia» no se enteró de lo que pasaba hasta ser denunciada. Además, es absurdo pensar que en medio de aquella ola de terror, pudieran realizarse ostentaciones anticlericales. Pero aún en el supuesto de que la acusación fuese cierta, nada justifica su horrible final. Entre procesión y procesión, a las que solían acudir uniformados, los matones continuaban sus tareas. El 19 de agosto fusilan en Caparroso a José Legaz Silvestre «Peratico»; por ser inválido fue llevado a rastras, mientras su madre iba detrás profiriendo gritos desgarradores. Tuvieron que matarlo en el suelo; con él, murieron Ricardo Zabal, Esteban Oses «Carrizo» y Julián Pérez Oses20. A José Velasco21, maestro en Yesa, lo mataron días después en Falces. Agosto mantendría hasta el final, su ritmo sangriento. El día 30 se produjo el hecho increíble de un hijo que denunció a su propio padre, Esteban Echeverría de 60 años. Fue muerto en Olite con José Pérez «Pregonero» y Manuel Villar. Uno de los presentes confesó a la familia que le había dado el tiro de gracia, para que no sufriera, «ya que le habían cortado sus partes y se las metían en la boca...». Al día siguiente corrían la misma suerte José Legaz Castillo22, y Valentín Bidondo «Curro»23. Valentín, que había estado escondido, se presentó al saber que en vez de él habían detenido a su esposa Josefa. Incansable luchador por los comunales, estuvo animando a sus compañeros, hasta el último momento para que muriesen firmes en su ideal. A mediados de agosto, se procedió a cortar el pelo a las mujeres. La mayoría eran jóvenes; también hubo chiquillas y personas muy ancianas. Peralta fue uno de los pueblos en donde más cortes de pelo hubo. La mayoría eran madres, hermanas, novias y esposas de fusilados o detenidos. Cuando fueron las primeras al Ayuntamiento, donde les hacían firmar que se lo cortaban voluntariamente, el Alcalde dijo a Juanita, hermana de Eugenio Pérez, ya fusilado: «No llores Manóle, que esto no es nada para lo que os vamos a hacer». Aquellas mujeres de tez oscura y blancas cabezas, que barrían las calles en silencio o trabajaban en las trillas gratuitamente, obligadas en todo momento a no cubrir su ridículo aspecto, estaban dispuestas a dejarse cortar el pelo cuantas veces fuera necesario si con ello salvaban a sus seres queridos. Lo sabían bien muchos de los matones que en ocasiones aprovechaban para chantajearlas con propuestas infames. Siguiendo con los fusilamientos, el día 6 de septiembre, mataron en el Raso de Peralta a 19 personas de Calahorra; entre ellas el joven peraltes Aurelio Pérez Pellejero de la CNT, cuyos dos hermanos, Vicente y Emilio serán fusilados días más tarde, y Gregorio Toledo, Un hermano de éste permaneció escondido durante tres años en el alborín de su casa y, a pesar de los registros, nunca lo hallaron. Su esfuerzo fue casi vano; su salud se vio afectada por las condiciones del encierro y falleció poco después de la guerra. Balbino Bados, amescoano, era maestro en Peralta desde hacía poco tiempo, por lo que apenas era conocida su significación socialista. Balbino, padre del que con los años será uno de los más significados líderes de la derecha navarra, fue arrojado a una sima de Urbasa. (Ver Amescoa). Anteriormente había sido destituido por la Junta Superior de Educación de su puesto de maestro, junto con Sixto Leza y Salvadora Frago. Por otra parte, Juan Otano y Antonio Manzano fueron trasladados de escuelas por simpatizar con la izquierda y Valentina Orúe, Romualda Miguéliz y Francisco Ibarra fueron sancionados. A mediados de septiembre, mataron a Roque Burdaspar, sacado de la cárcel de Pamplona. Como tantos otros, antes de morir, tuvo que escuchar la frase irónica que resumía el motivo de su muerte: «¿No querías tierra? pues toma, toda para ti». Por las mismas fechas moría Eusebio Ricarte en Valtierra. El día 11, en Andosilla, fusilaron a Manuel Campo24; Fidel Chaurrondo, detenido en Allo, Vicente Bermejo y Ambrosio Pellejero25; A Aniceto Jericó26 lo matarían el mismo día en Marcilla; Aniceto Soto27 «desaparecerá» en el Tercio de Sanjurjo. Como puede observarse, hasta el mes de septiembre los asesinatos tienen un ritmo constante y dosificado. Las sacas son numéricamente pequeñas pero continuas, lo cual hace que el terror alcance límites insospechados. Nadie está seguro en ningún sitio, las noches son un tormento para los que saben que no basta saberse ¡nocente de delito alguno para ser detenido y ajusticiado. Cualquier ruido, cualquier voz, impide conciliar el sueño, la permanente tensión es indescriptible. Algunas veces, pocas, alguien intentó poner fin a este estado de cosas. Las derechas peraltesas, que desde hacía tiempo intentaban sacar masivamente a los presos de la cárcel, tienen su oportunidad con la muerte del teniente de requetés de Tafalla Julián Castiella. Esto sirvió de detonador para que las masas «pidiesen justicia» hábilmente conducidas y fanatizadas por la propaganda oficial, los sermones y los largos meses de una guerra que, pensaban, iba a acabar de inmediato. Catorce peralteses28 formaban parte de la saca, la más numerosa de todas, que tuvo lugar el 21 de octubre (Ver fusilamientos de Monreal): Tomás Asín «Tonco»; Juanito Bermejo «Tororena»; Félix Blanco, hijo del alcalde republicano; Pedro Boneta, pastor; Julio Busto «Julín»; José Chivite, casado por lo civil y obligado a hacerlo por la Iglesia en la cárcel, antes de ser asesinado; con sus restos aparecieron las arras de la boda; Juan Chivite, hermano del anterior; Blas Diez «Berbínzana», Juan Lezaun «Pefán»; Carlos Malo, recién salido de fraile; José Orduña » a quien no permitieron visitas de la familia en los tres meses que estuvo preso; León Pérez Echarri «Apache», Justo Pérez Zuazo y Manuel Pérez Irigaray, un apacible barquillero de 55 años que desde la noche en que vio morir a nueve compañeros, quedó tan horrorizado, que ni hablaba ni apenas comía; se cree que Cándido Jericó fue sacado también con este grupo. La enorme fosa que acogió a los 65 cuerpos, no se llenó. “Aún hay sitio para más”, se comentó. Cinco días más tarde sacarón a otros cinco peralteses de la cárcel de Pamplona y a una maestra de la Normal (Ver testimonio). Algunos matones son los mismos del día anterior. Los cinco peralteses son Félix Bidondo, Isidro Iturbide; Francisco Ulibarrena29, padre del famoso escultor, dueño de una taberna que lucía el rótulo «El sol sale para todos»; José Ma Irigaray «Pitónico»30 y Victoriano Irisarri31 concejal republicano. Aquel mismo 26 de octubre, de madrugada, son asesinadas en Falces tres personas más. León Asín «Torico» de 75 años, que había perdido dos hijos, fue quemado vivo, con gasolina por negarse a gritar «¡Viva España!» (Ver testimonio); los otros fuerón Luis Lorente Funes y Vicente Moreno. Mientras en otros lugares, como Tafalla, los fusilamientos cortaban tras alguna saca masiva que solía ser la definitiva, Peralta parecía que cada matanza incitaba a continuar. Al día siguiente de los fusilamientos citados, la «cuadrilla de la muerte» volvió a pegar en las puertas de seis vecinos más: Gregorio Soto; Pedro Urroz; Juan Ricarte; Estanislao Irigaray32. De paso se llevaron a Encarnación Resano, madre de cuatro hijos, presa en la cárcel desde mediados de agosto <por dar la espalda al Rosario> y a punto estuvieron de llevarse al ex-alcalde republicano José Marzal. Encarna dejó en la celda sus horquillas envueltas en un papel donde había escrito «Adiós hija a, ya no nos veremos más. Me voy cielo donde seré más feliz». Le pegaron un tiro entre las piernas y la dejaron desangrándose en la puerta del cementerio de Falces. Allí pasó la noche. Al día siguiente fue descubierta por un pastor. Avisado el alcalde de Falces, éste le dio el tiro de gracia “para que no sufriese”, según manifestó a la familia. Eran los últimos. Fue necesario llegar a los 89 fusilados para que algunos se mostrasen satisfechos de la criba realizada y la balanza se inclinase, por fin, al lado de los que decían: «Ya basta». Pero ésta no era una opinión unánime, y no faltaban quienes se lamentaban por haber dejado vivo a tanto «rojo» que luego educarían en sus mismas ideas a sus hijos. Había que arrancar la raíz. Pocos fueron los que pudieron escaparse. Jesús Boneta salió del pueblo escondido en un camión de fiemo, en el que la Guardia Civil hincó varias veces la horca sin alcanzarlo. Estuvo escondido en Tafalla y pasó posteriormente a Francia, al igual que Félix Castillo, Alejandro Barcos, Pedro Arbeloa y Juan Ros. Felipe Asín también tuvo que exiliarse, enfermando en los campos de concentración franceses, muriendo a consecuencia de ello. Dionisio Alonso, y Eugenio Campos, regresaron destrozados de los campos de concentración españoles y la vuelta posterior al pueblo no fue sino una prolongación de su cautiverio. Justo Arbeloa, que enviado al Tercio de Sanjurjo pasó probablemente al bando republicano, fue muerto en Madrid 7 días después de acabada la guerra. En la relación de fusilados, aparecen tres nombres más que los citados. De dos transeúntes, cuyos nombres desconocemos, uno joven y con un atillo, fue muerto en una cueva de la carretera de Andosilla; y el otro fue enterrado con su perro y sus pobres enseres: una cacerola y una botella que aún conservaba un poco de vino cuando fue desenterrada 41 años después. Hemos dejado para el final la referencia de la muerte de Eladio Celaya, párroco de Cáseda y natural de Peralta. Su caso merece especial atención por ser uno de los curas represaliados precisamente por los ultradefensores de la religión en Navarra. A pesar de sus 72 años, no hizo ningún tipo de concesiones a la violencia en Cáseda y su presencia se fue haciendo más incómoda conforme avanzaba la marea represiva. De levantar calumnias contra su persona, se pasó a las amenazas directas. La Guardia Civil fue a buscarlo y Don Eladio tuvo que salir del pueblo, al parecer, en dirección a Pamplona. «El día 12 de septiembre de 1936, a las 9 y media de la mañana en esta parroquia de la Asunción de Cáseda, tuvimos referencia de Don Tomás Biurrun, párroco de Peralta, del fallecimiento de don Eladio, párroco de esta parroquia. Recibió en Peralta, donde se hallaba accidentalmente, los sacramentos de Penitencia y Extrema Unción». Sin embargo y a pesar de esta versión de la parroquia casedana, Don Eladio llegó a Peralta en un ataúd herméticamente cerrado. No permitieron ver al difunto ni siquiera a los familiares más directos cuando era costumbre exponer al público los cadáveres de los sacerdotes con un cáliz entre las manos. Los funerales se celebraron con normalidad, pero con ello no se pudo disipar ni un ápice la certeza de su asesinato • (1) Virto Arbeloa: op. cit. De/a 25-1-81. (2) García Sanz: La conflíctivdad... op. cit. p. 81. (3) Ayuntamiento Peralta: 19-VII-31. (4) Esparza, J.M.: op. cit. p. 118. (5) Ayuntamiento Peralta: Actas 9-VIII-31. (6) ídem. 6-1-36. (7) ídem. 21-111-36. (8) ídem. 17-IV-36. (9) El P. Navarro: 26-VII-36. (10) ídem. 23-VII-36. (11) Juz. Peralta: L. 32, f. 175r. (12) ídem. 36, 66. (13) ídem. 33, 86v. (14) ídem. f. 3v. y 64v. (15) ídem. 32, 139v. (16) ídem. 34, 11. (17) D. de Navarra: 16-VII-36. (18) juz. Peralta: L. 33, f. 32v. y 11. (19) El P. Navarro: 19-VIII-36. (20) Juz. Peralta: L. 34, f. 9. (21) AP. Falces: L. dif. 8, f. 101 r. (22) Juz. Peralta: L. 33, f. 39. (23) ídem. 35, 58. (24) ídem. 33, 33r. (25) ídem. 36, 39r. (26) ídem. 33, 14v. (27) ídem. 34, 161. (28) De los catorce, solamente cinco encontramos registrados en los Juzgados. Con perdón del General Salas Larrazábal, insistimos en que fueron 14 los fusilados ese día. (29) Juz. Peralta: 33, 155. (30) ídem. 34, 10. (31) ídem. f. 171. (32) ídem. 32, 171v.
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